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Cómo medir el retorno de la comunicación en sostenibilidad (sin humo)

Medir la comunicación en sostenibilidad va más allá del alcance: indicadores con sentido para saber si de verdad aporta valor.

6 min de lectura Javi Cebrián
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Casi todas las organizaciones con las que hablo comunican su sostenibilidad. Pocas saben si esa comunicación sirve de algo. Publican la memoria anual, sacan posts el Día del Medio Ambiente, mandan una nota de prensa cuando instalan placas solares. Y al final del año, cuando alguien pregunta qué ha aportado todo eso, la respuesta es un silencio incómodo o una lámina con número de seguidores. El retorno de la comunicación en sostenibilidad existe y se puede medir, pero no con las métricas que la mayoría enseña en las reuniones.

Voy a ser claro desde el principio: medir intangibles es difícil. Una reputación no cabe en una celda de Excel y la confianza de un vecino con su ayuntamiento no se captura con un “me gusta”. Cualquiera que te venda un panel de control que resuelve esto de un plumazo te está vendiendo humo. Lo que sí existe son formas honestas de saber si vas en la dirección correcta. Y empiezan por una pregunta incómoda.

la pregunta que casi nadie se hace antes de comunicar

¿Para qué comunicas? No la versión de manual (“dar visibilidad a nuestro compromiso”), sino la de verdad. ¿Quieres que la gente recicle más? ¿Que un cliente te elija frente a un competidor que cuesta lo mismo? ¿Que el técnico de medio ambiente del consistorio confíe en lo que firmas? Cada uno de esos objetivos se mide distinto. Si no lo defines antes, acabarás midiendo lo único que las herramientas regalan gratis: alcance e impresiones.

Aquí entra el método con el que trabajamos en el equipo Imedes: conceptualizar, medir, comunicar. La gente suele saltarse el primer paso y el último lo confunde con publicar. Conceptualizar es decidir qué quieres mover en la realidad. Medir es elegir cómo lo vas a comprobar antes de empezar, no después. Comunicar es lo de siempre, pero ya con sentido. El orden importa: la medición se diseña al principio, cuando todavía puedes elegir un indicador que tenga que ver con tu objetivo.

métricas de vanidad contra indicadores con sentido

Las métricas de vanidad son las que suben siempre y no te comprometen a nada. Seguidores, impresiones, alcance, número de notas publicadas. Suben porque el mundo digital crece, no porque tú lo hagas mejor. Sirven para una lámina bonita y para tranquilizar a un comité, poco más.

Un indicador con sentido tiene una propiedad que las métricas de vanidad no tienen: si baja, te obliga a hacer algo distinto. Algunos ejemplos reales, según lo que persigas:

  • Si quieres reputación, mide el tono de las menciones (cuántas son positivas, neutras o críticas), no cuántas hay. Diez menciones favorables de medios serios valen más que mil impresiones.
  • Si quieres cambio de conducta, mide la conducta. En una campaña de residuos, el dato es cuántos kilos de orgánico se separan bien, no cuánta gente vio el cartel. Ese número lo tiene la empresa de recogida, solo hay que pedirlo.
  • Si quieres negocio, mide cuántas peticiones de presupuesto llegan citando lo que publicaste, o cuántos clientes mencionan en la primera reunión un contenido tuyo. Es preguntar y anotar, nada más.
  • Si quieres confianza institucional, mide la repetición. Que una administración te vuelva a contratar dice más de tu comunicación que cualquier informe de seguidores.

La diferencia entre una cosa y otra no es técnica. Es honestidad. Un indicador con sentido te puede dejar en evidencia, y por eso vale.

cómo atar la medición a los objetivos de la organización

El error más común es medir la comunicación como si fuera un fin. La comunicación es un medio. Si la dirección quiere reducir la huella de carbono un 20%, la pregunta no es cuánta gente leyó la noticia sobre ese objetivo, sino si la comunicación ayudó a que las personas de la plantilla cambiaran hábitos que afectan a esa cifra.

Eso obliga a sentarse con quien lleva los números de verdad de la organización: operaciones, calidad, ventas, atención ciudadana. La comunicación que se mide a sí misma, en su propio rincón, siempre parecerá un éxito y nunca demostrará nada. La que se ata a un objetivo de la casa puede fracasar, y justo por eso puede demostrar que funciona.

Una forma práctica de hacerlo es construir una cadena corta de tres eslabones: qué quiere conseguir la organización, qué tiene que pasar en las personas para que eso ocurra, y qué hace la comunicación para provocarlo. Si no consigues unir los tres con una línea recta, probablemente estás comunicando por inercia. Lo explico con más detalle en la importancia de la comunicación de calidad en la sostenibilidad empresarial, porque la calidad del mensaje y la posibilidad de medirlo van de la mano.

dos ejemplos para aterrizarlo

Una consultora ambiental quiere captar más clientes privados. Comunica casos de proyectos reales en su web y en LinkedIn. La métrica de vanidad sería el alcance de los posts. El indicador con sentido es otro: cuántas empresas piden presupuesto mencionando uno de esos casos, y de esas, cuántas acaban contratando. El primer año puede ser un dato pequeño y feo. Pero es real, y permite decidir qué tipo de caso atrae mejor cliente. Eso es retorno de la inversión en la comunicación medido como toca.

Un ayuntamiento lanza una campaña sobre el uso responsable del agua en verano. La tentación es contar visualizaciones del vídeo. El dato que importa lo tiene la empresa concesionaria: el consumo por habitante en los meses de campaña frente al mismo periodo del año anterior, descontando el efecto del clima. Si baja, la comunicación hizo su trabajo. Si no baja, ninguna cifra de reproducciones lo arregla. Y conviene cruzarlo con una encuesta breve: ¿la gente recuerda el mensaje, lo entendió, hizo algo? Esto es comunicación de proximidad y se mide preguntando a la proximidad.

lo que sí se puede medir de los intangibles

Queda la parte difícil: reputación, confianza, percepción. No se miden con un solo número, pero tampoco son inescrutables. Tres vías que funcionan sin pretender una precisión falsa.

La primera es el análisis de tono a lo largo del tiempo. Una sola foto no dice nada; la evolución sí. Si las menciones críticas bajan y las de confianza suben a lo largo de un año, algo estás haciendo bien.

La segunda son las encuestas cortas y repetidas a quien de verdad importa: clientes, vecindario, plantilla. No hace falta un estudio caro. Tres preguntas bien hechas cada seis meses, siempre las mismas, dan una línea de tendencia honesta.

La tercera es la más infravalorada: escuchar cómo te nombra la gente sin que se lo pidas. Cuando un cliente te llama porque “vio lo que hicisteis en tal sitio”, esa frase es un dato. Anótala. Con el tiempo, esas frases dibujan tu reputación mejor que cualquier panel.

Medir la comunicación en sostenibilidad no consiste en buscar el número perfecto. Consiste en elegir, antes de empezar, dos o tres indicadores que tengan algo que ver con lo que la organización quiere conseguir de verdad, y en asumir que a veces te van a dar un resultado que no querías ver. Esa incomodidad es la prueba de que estás midiendo y no decorando.

Si tu informe de comunicación nunca trae malas noticias, no estás midiendo el retorno: estás contando una historia.

Y eso, en sostenibilidad, se nota enseguida. Si quieres entrar más a fondo en por qué el mensaje ambiental necesita rigor, escribí sobre ello en comunicación especializada en sostenibilidad.

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  • retorno de la comunicación
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